viernes, 26 de junio de 2009

Artesanos/as de actitudes

Hay un secreto para vivir con la persona amada: no pretender modificarla. Jacques Chardonne.

Aceptar no es uno de los verbos ni de las acciones más conjugadas y practicadas en las relaciones de pareja. Muchos de los conflictos que surgen entre sus miembros, vienen dados por el empeño que alguno, o ambos de éstos le ponen a eso de querer cambiar o modificar las actitudes, comportamientos, o la indumentaria que éste o aquella tenga al uso, y que en un momento determinado pueden no coincidir con la forma de pensar, actuar o engalanar del que se sabe manipulador.

En esta sinrazón que algunos hombres y mujeres gustan en dedicar sus energías, y en ocasiones sus malestares, hay algo que sin embargo resulta evidente cuando somos capaces de tomar distancia, y es que cuando las personas se sienten atraídas, enamoradas, seducidas, tal sentimiento viene dado por lo que en su día les enamoró y por el contrario, les falta tiempo para ir haciéndose artesanos del comportamiento.

En ese ir conociendo a la persona de la que uno se va sintiendo atraído, los ramalazos de pretender cambiar o modificar algunas cosillas que le harán más encantador, van apareciendo en el pensamiento del manipulador, a modo de estampas en movimiento, siento percibida esta pretensión de cambio como una mejora para su amada/o.

La atracción que sentimos hacia otra persona, viene dada por aquellas actitudes, o encantos, que no siempre somos capaces de definir, unas veces es la impulsividad, espontaneidad, la forma de expresar las emociones, su sensualidad, o la gracia con la que luce aquello que se pone y curiosamente, son estas mismas cualidades las que el artesano pone en su particular torno para ser modeladas a su antojo y manera.
El querer cambiar al otro, es sin duda uno de los errores en los que más reinciden las parejas, y siempre poniendo como baluarte la mejora que este cambio tendrá en la persona, y que por supuesto el la beneficiada/o será por supuesto, el aconsejado/a

Una vez puesta la persona en manos del artesano, no se hace posible determinar en qué momento éste verá concluida su obra, así como la satisfacción que va obteniendo de la misma, aunque resulta más predecible dilucidar qué sucederá con el manipulado.

La vida es un arco iris que incluye los matices, aunque algunos persistan en verlo todo de color de rosa.

…Y de arcilla y barro se hace la persona enamorada.
De arcilla y barro se hace, la persona enamorada ante su amado/a, y pasado el tiempo no queda nada.

Cuando nos enamoramos, creemos haber encontrado la persona que hemos estado esperando y deseando durante mucho tiempo. Los defectos, aún sabiendo que los tendrá, de momento no los vemos o nos importan poco, y ya sabemos que todo es modificable.

Lo que no nos gusta no se deja esperar, como tampoco los consejos, las recomendaciones y sugerencias dichas eso sí, por su bien.

El/la enamorado va haciendo de arcilla y barro su cuerpo, sus pensamientos, sus actitudes, sus deseos e incluso sus sueños.
El alfarero, su amado, moldeará con sus manos, palabras, gestos, caricias y besos, las actitudes y comportamientos que a su juicio precisan ser retocados.

...La falda demasiado corta, los labios demasiado pintados; su verbo demasiado tosco, su expresión parca, su carácter flojo, y con los excesos y con los escasos va naciendo entre sus dedos, entre su boca y su cuerpo, otra forma de mirar, de actuar, de moverse, de sentir. Una nueva persona va surgiendo del barro y de la arcilla, insegura, con miedos, con fantasmas… Una persona que no sabe si lo que hace está bien, si debe decir o no esto o aquello, si la ropa elegida es la más adecuada.
Y el retoque se convierte, en tirano insatisfecho de un alfarero que siente el desagrado en cada gesto, en cada movimiento que su enamorado/a hace. Él cada vez más fuerte, mientras su pareja va desdibujando sus rasgos, su carácter, sus opiniones e ideas creyendo estar cada día más cerca de los deseos de su amado.

En los comienzos, un poquito de aquí y otro de allá, no parecen ser cambios importantes para la persona que se deja moldear, y sí significativo para quien promociona tal cambio, que acaba convirtiendo su relación de pareja en un alfar.

Aceptar a las personas tal cual son, forma parte del lenguaje teórico que expresamos bajo el manto de la tolerancia, y lo cierto es que no todos/as somos capaces de respetar las diferencias.

A nuestra imagen y semejanza, intentamos moldear a la persona amada, no pensando en el error que con ello cometemos, y pasado el tiempo, la persona de la que un día nos enamoramos, nada se parecerá a quien con nuestras recriminaciones quisimos cambiar.
Modificar comportamientos, no es tan complicado como el recuperar a la persona moldeada para que vuelva a ser la de antes, aquella de la que nos enamoramos.

*Fdo.: Raquel Díaz Illescas

martes, 23 de junio de 2009

Responsable de mi bienestar

La pareja está para compartir, comunicarnos, tener sexo, etc., pero no para responsabilizarla de nuestro bienestar físico, emocional o social.
Cuando nos enamoramos, la percepción de lo vivido se distorsiona, y maquillamos al antojo de los sentimientos aquello que no nos gusta, que nos duele. Es pasado el tiempo, cuando el día a día nos devuelve ya sin máscaras, sin maquillajes, lo vivido.

Erróneamente atribuimos y conferimos a la persona amada, todo lo que a nuestra felicidad se refiere: ella es la causa de nuestro bienestar, la motivación para emprender nuevas acciones, por ella y a través de ella entendemos nuestra sexualidad, es ella quien nos da placer, quien nos debe proporcionar los orgasmos más estupendos, quien nos llevará al clímax, y por ende lo será también de aquellos estados anímicos que nos hagan sentir tristeza o alegría.

Aceptar la responsabilidad que cada cual tenemos sobre las cosas que hacemos o las que dejamos de hacer, implica acción, compromiso, y a veces mucho desgaste personal. En demasiadas ocasiones tanto hombres como mujeres, delegan en su pareja la ardua tarea de proporcionarles bienestar, adoptando una posición pasiva en la espera de que ésta rompa con la monotonía, que aleje el tedio, que le/la siga sorprendiendo, que le/la haga sentir especial, que le active el deseo, que le de placer. Y toda esta serie de pensamientos se van gestando en la mente del uno y del otro sintiéndose cada vez peor, haciendo responsable de su desmotivación y pocas ganas de emprender acciones a su pareja, ya que es ella la causa de su situación y la que debería hacer lo posible porque esto cambiara.
La pareja, la persona con la que podemos llegar a compartir muchas de las experiencias de nuestra vida, es una parte importante en nosotros, y cuando la elegimos, cuando un día nos enamoramos de ella, lo hicimos por muchos factores que no siempre acaban siendo los más saludables, pero sin embargo, nuestro bienestar biopsicosocial, no puede nunca depender de lo que nos de o nos deje de dar la persona amada, pues esto nos condenaría a la espera, a la vez que le estaríamos imputando a otra persona lo que es tarea nuestra.

Responsabilizar al otro de aquello que nosotros no hemos sido capaces de intentar o conseguir, nos hace creernos exentos de cualquier compromiso, pues de esta manera atribuimos nuestras frustraciones a causas ajenas a nosotros.

Es importante que la persona amada aporte equilibrio a nuestras emociones, pero más aún lo es que a lo largo de la vida, hayamos sido capaces de ir adquiriendo las herramientas necesarias para poder construir nuestro bienestar personal interior.

Cada cual tenemos un cuerpo, una mente y una red social que cuidar y cultivar. La responsabilidad de que estos tres factores tengan buena salud, es tarea nuestra, nuestra pareja tiene la suya. Quien se sabe responsable de sus acciones, es más feliz consigo mismo y con su pareja.

Fdo.: Raquel Díaz Illescas

lunes, 22 de junio de 2009

Renuncias

Renunciar lleva consigo una elección. Elegir una opción y rechazar otra.

Renunciar es también querer vivir, vivir de otra manera, aunque a veces el resultado sea malvivir...

La vida, ese concepto abstracto al que nos adherimos buscando la felicidad, esa que se resiste a quedarse, que nos hace guiños, que se esconde y nos sorprende, está repleta de momentos que desearíamos vivir, de otros a los que vamos renunciando por trabajo, por convicciones, por los hijos, por los amigos.; por prejuicios, por modelos sociales, y muchas veces por amor.

En la renuncia nos servimos de la intuición, a veces es un mero instrumento de elección, otras es una alarma, y otras una simple convidada de piedra. En ocasiones el ser humano se olvida, y deja a un lado perspicacias y raciocinios, para deslizarse en zonas pantanosas.

Renunciar pocas veces es una actitud placentera para el individuo. Muchas personas procedentes de otros lugares, renuncian cada mañana a un amanecer más cálido; a la tierra por la que caminan sus hijos, renuncian a lo que más aman buscando una esperanza de vida.

A veces la renuncia, dignifica y fortalece a quien la ejerce: cada día más mujeres vejadas, humilladas y apaleadas deciden intentar dibujar otro mundo para ellas y para sus hijos.

El pasado, el presente y el futuro de las personas lo integran muchos deseos, y sueños por hacer realidad, pero también muchas renuncias que nos acompañan a lo largo de la vida.
El ser humano renuncia a lo que ama, unas veces por amor y otras tantas por cobardía.

Fdo.: Raquel Díaz Illescas.

martes, 16 de junio de 2009

Viajar...

deseamos y esperamos con impaciencia, aquellos días del calendario que marcamos de color rojo, y que nos permiten hacer una pequeña maleta y escapar...

Las ganas de salir de la monotonía, de desconectar, de ver y hablar con otras gentes, de oler y pasear por otras calles, otros mares; la necesidad de liberación, de reencontrarse con uno mismo, de no pensar, ni esperar nada, de recuperar el amor perdido, es lo que lleva a hombres y mujeres a viajar...


Viajar es dejar en el armario los trajes grises, las corbatas de reuniones, los zapatos que aprietan...

Viajar es dejar en la mesita de noche la compostura, las palabras correctas, las normas sociales, los prejuicios...

Viajar es llevar en el equipaje, aquella indumentaria que nos hace reencontrarnos con nosotros
pantalones muy anchos, muy cortos, o rotos; camisas desabotonadas, sombrero...

Viajar es dejar el cuerpo en libertad, sin ataduras, sin roces, sin miradas coercitivas.
Viajar es no ponerle frenos ni límites a la voluntad, al deseo...

Viajar es gozar de las caricias sin tiempos, es hacer públicos los besos, es no establecer los momentos para la sexualidad.
Viajar es también una necesidad de abandonar la soledad, de comunicarse, de encontrar, de encontrarnos.

Viajar forma parte de la fantasía de los que dibujan rostros de mujeres, de hombres; de los que buscan el equilibrio en otra piel, en otros labios.

Viajar es también soñar con el pensamiento, con la fantasía, es hacer equipajes ligeros, es crear lugares sin fronteras, es romper esquemas.

En cada viaje, algo de
nosotros se pierde o se recupera que nos hace querer ser diferentes, desear vivir de otra manera. Algunos miedos se desvanecen y otras cuantas ilusiones se renuevan.

Viajar es una oportunidad para el cambio, para la reflexión, para el darnos cuenta, para querer volver o para hacerlo desde otro yo.

Después de un viaje, necesitamos un tiempo para situarnos, para volver a ubicarnos, para calmar la ansiedad que produce lo nuevo. Después de un viaje, sabemos que se puede vivir y ser de otra manera, y ser feliz.

Fdo.: Raquel Díaz Illescas

lunes, 15 de junio de 2009

Eutanasia de amor.

“…Muerte lenta, que no suave; sin alimento que refuerce el amor.”

Sin prospecto adjunto que explique la forma de usarlo, de consumirlo, conservarlo; de sus ventajas e inconvenientes; y sobre todo, de sus contraindicaciones y posibles efectos secundarios debido al uso, el amor se presenta a corazón descubierto en el ser humano.

El amor acaba siendo para algunas personas, una huida hacia adelante como si de una amenaza para su estabilidad emocional se tratase.

El amor se hace presente en nuestras vidas sin preguntar el cómo ni el cuándo, ni tan siquiera el con quién… No entiende de conveniencias ni de límites. Se instala invadiendo cada una de las áreas de nuestra vida, y en ocasiones destruyendo la estabilidad de años.

Lo ingrato del amor es que se queda poco tiempo a nuestro lado, nos abandona sin decir cuándo volverá o si lo hará algún día. De nada nos sirven calendarios estacionales.

El amor se va extinguiendo de no consumirlo, de no usarlo, alimentarlo, de dejarlo morir… Hay quienes eligen la “eutanasia de amor” cuando el deseo y el amor que sienten no puede vivirse en libertad. Desconozco si será cobardía, o sentido común lo que ponga en funcionamiento esa muerte lenta, que no suave, que se prolonga en un tiempo no definido en ausencia de estímulos que refuercen la pasión.

Los intentos muchas veces fallidos de dejarlo morir, no siempre consiguen dar los resultados esperados; a veces éste se vuelve más intenso, extendiéndose en el tiempo sin conseguir ser nunca vivido.

Con nostalgia, recordamos aquel amor que por un tiempo dio un sentido nuevo a nuestra vida. En ese intento de dejar morir el sentimiento, algo de nosotras también dejó de vivir. A pesar de esto, el amor deja a su paso señales que nos hacen recordar que un día vivió en nosotras.
Fdo.: Raquel Díaz Illescas.

El amor impropio

“…el amor es para disfrutarlo, gozarlo y saborearlo, no para que te destruya.”

Dicen que en el amor, el que más ama es el que más siente, el que más vive…; pero sin duda también el que más sufre, más se entrega…

El amor no siempre se vive como una experiencia placentera. Las fases que se le presuponen a éste, en algunas relaciones pasan demasiado deprisa: “lo maravilloso y estupendo”, acaba convirtiéndose en el recurso al que más tarde se acogerá el enamorado para perdonar y justificar el daño causado por la persona amada.

El amor no es selectivo, al menos no lo que sería deseable. Algunas personas se enamoran sin saber cómo ni por qué, de otra que hace de la relación una contienda sin fin, con sometidos y con vencedores.

Chantajistas de las emociones, manipulan sin esfuerzo a la persona enamorada. Humillan, someten y tiranizan sintiéndose amos y señores de la voluntad de la persona amada.
Aunque estúpidos e inseguros, son hábiles a la hora de endulzar sus artimañas. Consiguen ser las víctimas de sus propias canalladas, eso sí, algunos pasan por ser hombres y mujeres encantadores, claro que de serpientes.

Y es que el amor desconoce el “amor propio”, se transforma en “impropio” cuando una parte de nosotros se ausenta. No conoce de racionalidad, se mueve a golpe de corazón. La voluntad nos abandona en cualquier renuncio. El orgullo se queda sin espacio donde expresar su protesta; se olvida fácilmente de ideales, principios, e incluso pisotea valores éticos formados durante años.
No debemos intentar entender el amor, ni buscarle los “porqués”, hay que vivirlo lo mejor que se pueda y a ser posible salir lo menos dañado. Esto no es fácil.

Con los años, y desde la distancia de heridas ya cicatrizadas, algunas personas hacen de su corazón una gran parcela de racionalidad, desde donde intentan no repetir lo vivido; a veces esto se consigue, y se encuentran personas maravillosas que te miman, que te respetan, que te quieren sin condicionantes. Sin duda los límites, y el respeto por una misma, son el principio de un “amor propio”.

Fdo.: Raquel Díaz Illescas

Buscadores de amor

«…dedicar, profesar, sentir, tener, tributar».

Si queremos saber qué es el amor, nada mejor que preguntarle a quien lo ha vivido desde el lodo o desde el placer. En cualquiera de ellos, nos rendimos ante él sintiéndonos vulnerables.
Por muy azarosa, ingrata, humilde o grandiosa que haya sido la vida de cada cual, el amor ha hecho acto de presencia en algún momento de nuestra vida. Es verdad que no siempre el tiempo y la forma en que éste ha llegado ha sido el deseado.

El amor se instala en nuestras vidas sin a veces ser invitado.. No nos avisa ni consulta. No pide opinión. No respeta gustos, ni edades. Olvida preferencias, rompe esquemas; se apodera de voluntades, de amores propios y de orgullos. Hace de nuestros comportamientos, el enemigo de nuestras emociones.

El amor es el deseo que añoran los que viven alejados de los besos, de las caricias, de los te quieros a media tarde… Ese dulce y amargo sentimiento que produce el amor, va invadiendo cada una de las parcelas de nuestra vida.

La ausencia de pasiones va creando “buscadores de amor”, hombres y mujeres que pasan importantes periodos de su vida tratando de encontrar la persona con la que compartir experiencias, momentos; a quien contarle lo preocupada que te tiene ese proyecto, que parece nunca tener fin; o con quien compartir los éxitos o fracasos del día a día; a quien decirle lo abatida o feliz que te sientes; con quien reír o llorar, a quien acariciar, abrazar, besar, y con quien gozar.
Los años no son buenos aliados en esa búsqueda del amor. La experiencia se hace grado a la hora de acoplarnos a otra persona; de aceptar sus manías y rarezas; sus hábitos y costumbres; su manera en ocasiones diferente a la nuestra de entender la vida, de vivirla… Apelamos a esa tolerancia de la que siempre hemos hecho gala con nuestros amigos, y que sin embargo nos da la espalda cuando necesitamos ponerla en práctica con ese posible amor.

La ausencia continuada de pasiones, de amor, no siempre hace más tolerantes a las personas dándoles oportunidades, siendo menos exigentes y más flexibles, más al contrario, acaban familiarizándose con los “peros”.

La necesidad de encontrar alguien a quien querer, que te quiera, lleva a muchas personas a ir desdibujando sus deseos, opiniones, aficiones…., Por amor creen poder cambiar o modificar actitudes y comportamientos de toda una vida, que no han hecho sino formar a quien es hoy.
Sería estupendo que pudiéramos adquirir el amor en cualquier hipermercado, pudiendo elegir la cantidad y la calidad que deseamos, que necesitamos, pero sólo él es el que decide el cuándo y el cómo, nosotras podemos decir si lo queremos o no, y a veces ni eso.

Cada “buscador de amor” utiliza sus propios recursos y lugares donde encontrarlo: unos acuden a Internet; a los anuncios por palabras, a las agencias matrimoniales, a las discotecas, lugares de copas, o gimnasios; otros lo buscan en cada gesto, en la timidez de una mirada, en una sonrisa… Hay quienes simplemente, esperan ser encontrados.

Fdo.: Raquel Díaz Illescas